06 06Existe un criterio muy sencillo para juzgar si estamos bien con Dios: estamos bien con Dios si estamos bien con los hombres. Amamos a Uno en el cielo si amamos al otro en la tierra.
Es muy sencillo: mucha tierra, porque mucho cielo.
Si no amamos al hermano, aun habiendo sido redimidos, retrocedemos de la vida a la muerte. La aplicación de todo esto está aquí: “No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti” (en negativo). “Trata a los demás como quieres que te traten a ti” (en positivo).

(Igino Giordani, El hermano, Ciudad Nueva. Roma, 2011, págs. 75-76)

Yo no quisiera ser calumniado, pasar hambre, quedarme sin casa, sin trabajo, sin alegría…; de la misma manera, al menos en cuanto yo pueda, debo hacer lo necesario para que los demás sean honrados, alimentados, hospedados, empleados y consolados. Así se establece una suerte de igualdad: según como yo trato al hermano, Dios me trata a mí. Según como el hermano me trata a mí, Dios lo trata a él. Puede decirse que Dios es el primero en practicar el precepto cardinal del Evangelio: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”; y nos ama como Dios, es decir, infinitamente. De hecho, su amor es tal que incluso quiere hacernos uno con Él: quiere hacernos partícipes de Su naturaleza. ¿No fue por esto por lo que se hizo partícipe de la nuestra? Se trata de una humanización espiritual de Dios: ponerse a nuestro nivel para permitirnos convivir con Él.

(Igino Giordani, El hermano, op. cit., pág. 76)

El individualismo, que encierra y ahoga el propio Yo en el caparazón del exclusivismo personal, sofoca el alma: al faltar la circulación, su calor se extingue y el alma padece de frío: muere congelada. Es éste el lamento más común de todos aquellos -laicos y religiosos- que han dejado de lado la posibilidad de compartir con los hermanos. Sin embargo, basta que alguno se ponga a amar al hermano, para que su propio espíritu, dando calor al otro, se llene de ese mismo calor. El hermano rompe las barreras, y al romperlas deja pasar la vida; la vida que es Dios. El hermano es para nosotros la ianua caeli, es decir, la puerta del Paraíso.

(Igino Giordani, El hermano, op. cit., pág. 79)

Al acercarme al hermano, asumo una responsabilidad por su destino eterno y, por lo tanto, también por el mío, gracias a la solidaridad que es la base de nuestra relación. Cuántas veces el pecado del hermano, en menor o mayor medida, es también nuestro pecado: ruptura ocasionada por nuestra falta de amor. Cuántas veces el criminal es, con frecuencia, un individuo falto de amor… Y cuántas veces el Crucifijo, sobre la cabeza de los jueces del tribunal, podría repetir: “¡El que no tenga pecado, que tire la primera piedra!”. ¡Cuántos hermanos se pierden por culpa de nuestro abandono!

(Igino Giordani, El hermano, op. cit., págs. 82-83)

El hermano es como una mina en la cual excavas para encontrar la divinidad. Lo amas -lo sirves- para “extraer” a Dios. En él, amas a tu Creador; buscas al Padre en el hermano. Si tú sirves al hermano, él se convierte en puerta que te abre el acceso a Dios: si en cambio tú te sirves de él, si te aferras o te ‘recuestas’ en él, se convierte en barrera y obstáculo en tu camino hacia Dios. Debes, por tanto, saber renunciar -incluso- al hermano: a ti y a él, de manera que no quede en ti más que Dios. Y en Dios puedes volver a encontrarte a ti y encontrarlo a él. En esta relación continua, minuto a minuto -porque todo el tiempo te relacionas con alguien- recuerda el valor del proverbio: “Hay más alegría en dar que en recibir”.

(Igino Giordani, El hermano, op. cit., pág. 89)

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